El cachete de “Padre”

La preocupación de hoy del ciudadano pasa sin ningún lugar a dudas por el anuncio de las nuevas medidas que va a tomar el gobierno para lograr reducir el déficit y cumplir así con los objetivos marcados por la UE y, por supuesto, con las condiciones negociadas para el ansiado “rescate” de nuestra banca. Entre las medidas, encontramos algunas tan impopulares como la subida del IVA, la reducción en las prestaciones por desempleo o la eliminación de la paga extra de Navidad a los funcionarios. Aunque también encontramos otras más razonables como el recorte de las partidas para partidos y sindicatos, la reducción del número de concejales o el ajuste del número de liberados sindicales. Unas y otras y todas las demás, son consecuencia de la conducta de un padre que atrás fue indulgente, libertino, despreocupado y derrochador, pero que ahora, al ver lo que ha provocado su negligencia en el cumplimiento de sus obligaciones, rectifica y vuelve al autoritarismo, a la mano dura, a la severidad y al castigo físico en su más literal significado. Enfadarse con nuestro padre es legítimo pero irracional, más que nada porque resulta que el padre que nos castiga ahora no es el mismo que nos dejó hacer ayer. Podremos patalear, cogernos un buen berrinche o incluso dejar de respirar, pero el castigo no va a desaparecer, no porque sea merecido (lo cual ya he dejado caer en entradas anteriores) sino porque es necesario. Reconducir y reeducar a una sociedad que ha vivido a todo trapo sin pensar en las consecuencias es una labor costosa y muy ingrata. A nadie le gusta que le den un cachete, aunque la mayor parte reconoce que en ocasiones es positivo. Cierto es que el cachete está teniendo una intensidad muy por encima de lo que esperábamos, lo cual nos lleva a plantearnos cuán intenso fue el derroche que hicimos.

A muchos no les gusta oír hablar del pasado, de las causas, y se centran en buscar soluciones para esta situación de crisis, ya no económica sino estructural, dado que el problema radica en un sistema tan ideal como utópico, al igual que todos los plasmados sobre papel (y a las pruebas me remito), que hace aguas por todas partes y que por muchos parches que se pongan no evitarán que el barco se hunda. Un modelo que se basa en el enriquecimiento como principal objetivo no puede tener continuidad dado el carácter cíclico de la economía. ¿Soluciones? Dentro del sistema, no las hay. Por eso es tan importante hablar de las causas, de lo que nos ha llevado a este contexto, de los errores y las negligencias que todos y cada uno hemos cometido en el pasado, desde el chaval que dejó de estudiar para ganar tres mil euros al mes en la construcción hasta el político que olvidó sus principios para guardarse bolsas de “basura” en su casa. Toda acción conlleva una reacción proporcional y en sentido contrario. Por tanto, la ambición acaba rompiendo el saco, como bien dice el refranero, que sabio es un rato largo. Mirar al pasado para no cometer los mismos errores.

A la mente se me viene una animada cena con una amiga en la que debatimos largo y tendido sobre todos estos temas de tan rabiosa actualidad. Partimos de puntos de vista totalmente opuestos pero encontramos un punto común. La sociedad no puede estar regida por un sistema económico cuyo principal objetivo es el enriquecimiento a cualquier precio, más aún viviendo en un país donde el libro de cabecera es el Lazarillo de Tormes y donde exhibir las dotes picarescas es del todo loable. Concluimos, pues, que sería más aconsejable estudiar la manera de crear un sistema económico basado en la sostenibilidad y en la responsabilidad.

En próximas entradas intentaré ir plasmando y desarrollando estas ideas, aunque al verlo negro sobre blanco seguro que también se nos antojará una utopía.

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