“La que se avecina”

Una parte importante de la economía consiste en analizar y estudiar diferentes variables para poder prever determinados sucesos, a nivel económico, obviamente. Este factor predictivo juega un papel de vital importancia para las sociedades de hoy en día, más aún cuando el proceso de globalización hace que las reacciones se sucedan a grandes velocidades afectando a todas las economías internacionales como si de un dominó se tratase. Los economistas nos presentan, de este modo, una serie de escenarios posibles atendiendo a diferentes criterios o factores que puedan acontecer. Así pues, no se trata de predicciones exactas, pero no por ello han de ser obviadas. Baste como ejemplo, el caso del economista Nouriel Roubini, famoso por predecir en 2006 la actual crisis financiera. Sus advertencias fueron tomadas con escepticismo, pero dos años más tarde pudimos comprobar que no se trataban de videncias baratas de un charlatán de la telebasura.

En nuestro país, desde hace algunos años, también podemos encontrar casos similares, ya no de lo que ha sucedido con la burbuja inmobiliaria (por ejemplo), sino de lo que aún está por llegar. Y no es que queramos ser pesimistas ni alimentar los malos augurios que tan mal caen en la sociedad, pero los datos están ahí, al alcance de cualquiera, sólo hay que saber leerlos e interpretarlos.

En los años 80 se produce en nuestro país un importante declive de la natalidad, que venía precedido del “babyboom” de las tres décadas anteriores, en las que la población había aumentado un 34%. Si analizamos la pirámide poblacional actual (Fuente: INE 2012) podemos comprobar que el grueso de la población española se centra en los grupos de edad comprendidos entre los 30 y los 50 años, que corresponden al incremento de población mencionado.

¿Qué ocurrirá en las próximas décadas?

La incorporación o reincorporación laboral de las personas de 40 y 50 años de edad siempre es complicada, ya que las empresas optan por la contratación de jóvenes, más formados y preparados para afrontar las necesidades de un mercado en constante cambio. El elevado y prolongado índice de desempleo afectará sin duda a las generaciones que ahora están en torno a los 30 años de edad. Es normal que se utilice el apelativo de “la generación perdida”.

Sin duda alguna, el envejecimiento que sufrirá la población será muy notable, por lo que la demanda de servicios sociales destinados a satisfacer las necesidades de este segmento de población será importante. Ya no sólo se requerirá de personal cualificado, que huelga decir que será una de las profesiones más solicitadas, sino que se precisarán de fondos económicos suficientes para hacer frente a estos servicios. Y he aquí el verdadero problema.

Cuando el grueso de la población se encuentre entre la franja de edad de 60 a 80 años, el país se verá en una situación muy preocupante. La población activa no podrá soportar el pago de las pensiones ni de los servicios públicos vinculados a la tercera edad. La privatización será el recurso obligado, nos guste o no. Obviamente, sólo aquellos que realizaran buenos planes de pensiones o fueran lo suficientemente previsores como para guardar unos ahorros para su jubilación, podrán afrontar esta etapa de sus vidas con tranquilidad. El resto vivirá una situación bastante comprometida.

Incluso si el repunte de la natalidad que se aprecia en la base piramidal, que algunos achacan al efecto de la euforia por la victoria de España en el mundial de futbol, continuase en aumento no sería suficiente para enmendar el agravio, ya que pasarían décadas hasta que estas generaciones pudieran contribuir al mantenimiento del sistema.

En esta situación no hay que buscar culpables. El descenso de la natalidad es fruto de un sinfín de variables, pero sus consecuencias son bastante más claras, objetivas y cuantificables. Aunque aún estén lejos, no hay que olvidarlas. Y por supuesto, habrá que ir tomando medidas que aminoren los efectos. De este modo, no es de extrañar que se abogue por el retraso de la jubilación, no sólo hasta los 67 años, sino hasta los 70 o incluso más. Lo veremos, sin duda, pese a que ahora nos parezca una locura, llegará a suceder, porque no hay muchas alternativas. Bueno, puede que sí, que la sociedad se olvide del concepto “Papá Estado” y empiece a comprender que sin la contraprestación de los contribuyentes es imposible mantener el estado de bienestar tal y como lo conocemos.

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