La mayor manipulación de la historia

Se podría decir que hemos pasado de la era de la información a la era de las redes sociales y, por extensión, a la de la intoxicación, desinformación y manipulación de masas.

No hay que dudar de que las redes sociales se han convertido en una herramienta muy potente de nuestras vidas y que comienza peligrosamente a sustituir a cualquier otro medio de comunicación, incluso en las relaciones personales más íntimas. Por este motivo, hay personas que, sin saber muy bien qué intereses les motiva, juegan y explotan el “borreguismo” más puro de los colectivos sociales. Y no vamos a entrar en todas aquellas divulgaciones de índole política que maquillan (por decirlo suavemente) las noticias para enfocarlas como más les favorezca, pero sí que haremos alusión a todas esas cadenas de estupideces que inundan las redes sociales y que, en ocasiones, pueden ser bastante nocivas, ya no solo para la inteligencia humana sino para terceras personas que se vean afectadas.

Cadenas de reivindicaciones que hablan de artículos de leyes inexistentes o que nada tienen que ver con lo que exponen, cadenas de supuestas donaciones cada vez que se comparte una desagradable fotografía para curar enfermedades, vídeos trucados que nos hablan de energía gratuita, cambios de normativas que vulneran nuestros derechos y un largo etcétera.

Y no hablemos ya de aquellos que supuestamente dan buena suerte cada vez que se comparten, como el que habla de los meses de cinco fines de semana, hecho que afirman sucede sólo cada 823 años. Pues bien, cualquiera con dos dedos de frente debería saber que nuestro calendario es cíclico y que este hecho puede repetirse decenas de veces antes de que pasen ocho siglos.

Pero lo más preocupante son aquellos mensajes que realizan acusaciones de cierta gravedad. No hace mucho, a cuenta de los secuestros de Ciudad Lineal de Madrid, se distribuyó por WhatsApp una imagen de un varón incitando a la gente a que cuando le vieran llamasen a la Policía ya que se trataba del secuestrador. Obviamente era totalmente falso. Pero hubo quien lo compartió y difundió “por si acaso” sin recapacitar ni un solo segundo. Tal vez fue una macabra broma, una acción despechada o simple mala intención, pero lo cierto es que una tercera persona pudo vivir los peores días de su vida al verse envuelto en este desagradable suceso. Piensen por un instante en que una mañana se levantan y reciben un mensaje con una de estas acusaciones y la fotografía de su marido, hijo, padre o hermano. Puede que entonces no lo reenviase con tanta premura.

El caso es que da igual lo que sea, nadie se para dos minutos para cotejar, informarse o pensar lo que comparte, convirtiéndose en cómplice de la mayor manipulación de la historia de la humanidad. Y digo esto porque las redes sociales nos están convirtiendo en meros espectadores de un mundo que manejan unos cuantos y que absorben y anulan la inteligencia individual para dar paso a una colectiva analfabeta, crédula y confiada, una materia prima que cualquier gobernante desearía tener.

    Nota: Este artículo no pretende herir la sensibilidad de aquellos que se puedan o que deban sentirse identificados, sino que es un llamamiento para que dejen de ser víctimas insensatas y manipulables de las que otros, más avispados, se aprovechan.